César Calvo

El hombre que se enamoraba
todos los días

Lo de mujeriego pudo haberlo heredado de su padre, el pintor amazónico César Calvo de Araujo. Su madre lo acercó desde muy temprano a la poesía. Cuenta su hermano Guillermo que doña Graciela le enseñó a recitar Los heraldos negros:  “Ya adulto, César le decía a mi mamá que cuando recitaba a Vallejo, siempre tenía que resistirse a sacar las manos del centro de su pecho acompasando los versos….”

Muy bien plantado pero, sobre todo, seguro de serlo, Calvo sabía usar su aire de niño indefenso para terminar enamorando a la mujer que se proponía. Guillermo cuenta una historia desopilante: “En Inglaterra, se puso a recoger fresas para ganar dinero. En eso se cruzó con una rubia. Se miraron. Se le acercó y él le habló en inglés, francés, portugués, italiano… Nada. Entonces le habló en el idioma universal del amor… Días después ella se despide en su lengua y le da una tarjeta ininteligible. Estando en una reunión en la Embajada, hablando con un amigo diplomático, le enseñó el cartoncito. Era la Jefa del Departamento de Neurocirugía de una Universidad de Moscú….” Calvo practicaba una bohemia “con estilo”. Cercano al círculo de Chabuca Granda, llegó a componer valses con ella. En una entrevista que dio el poeta para Caretas se le pregunta por Chabuca y él termina hablando de las mujeres: “No sé, hermano… no podemos hablar de las mujeres porque cada mujer es diferente de todas las demás, y es diferente de sí misma, cada mujer es un mitin, un montón de gente, que varía de un momento a otro. Yo tengo la suerte de que la memoria me sea visitada todos los días por algunas de las Chabucas que conocí. Y me alegra la memoria y me la llena de sol.”

César Calvo

Iquitos, 26 de julio de 1940 - Lima, 18 de agosto de 2000