Luis Hernández

Cuadernos escolares iluminados

¿Fue Luis Hernández un poeta? Hasta se puso en duda la condición de poesía de esas palabras coloquiales, ingeniosas, tiernas. ¿Y por qué? Porque el autor escribía en cuadernos grandes con anillado, a plumón, añadía dibujos infantiles y cambiaba de tono a las letras. Mirko Lauer llama a ese material “cuadernos escolares iluminados”, la PUCP los muestra online. Solo llegó a publicar en vida tres breves poemarios. Su profesión fue la de médico, era el doctorcito del barrio, el que atendía más con la empatía que con la ciencia y a personas humildes.

Hombre cultísimo que no encajó nunca en molde alguno. Patillas a lo Elvis, siempre vestido de blanco, entrenado en box, callejero de Jesús María. Escribió en centenares de cuadernos que luego regalaba a sus amigos. El poeta Oswaldo Chanove señala que Luchito jugaba a ser el “loquito genial”, una caja de sorpresas llena de objetos brillantes y que por eso todo el mundo lo quería y hasta el día de hoy muchísima gente dice haberlo conocido, pata del alma, compañero de chingana, aunque la cronología desmienta a la fantasía. También apunta Chanove que Hernández prefería ser médico y músico (fue un gran melómano), antes que poeta.

Muy querido, solo hasta cuando se proponía desconcertar. Se cuenta que un matrimonio de amigos, jóvenes ambos y muy orgullosos de su cercanía con Luchito, lo invitaron una noche a cenar. La chica se esmeró en la elección de los platos, los licores, la decoración. Cuando ya estaba todo listo ella nota que sobre la mesa algo faltaba. Entonces bajó al jardín y arrancó la cucarda rellena más grande y bella. La colocó en lo que antes había sido el vacío. Llegó Luchito. Esa noche estaba silencioso, parecía malhumorado. A la hora de que los invitados pasan a la mesa Hernández toma la cucarda y se la come. No probó nada más de la cena preparada con tanto esmero. La chica le quitó el habla para siempre.

Hernández viaja a las afueras de Buenos Aires a mediados de los años setenta para someterse a un tratamiento psiquiátrico en la clínica del Dr. Badaracco. Un día, de paseo por los alrededores del hospital, se dejó morir sobre la vía del tren. La zona se llama Santos Lugares.

Luis Hernández

Lima, 18 de diciembre de 1941- 3 de octubre de Buenos Aires, 1977