Alejandra Pizarnik

El viaje interminable de Alejandra Pizarnik

Hija de inmigrantes judíos rusos, Alejandra Pizarnik tenía una forma extraña, algunos dicen que hipnótica, de hablar. Este hecho, sumado a la preocupación por su físico, su condición de asmática y unos padres dañados emocionalmente por la Segunda Guerra Mundial crearon la tormenta perfecta para hacer de ella la hija diferente y solitaria, la excéntrica, la rara.

Nació Flora, pero en casa la llamaban Buma. A partir de cierta edad adoptó un nombre, quizás por sus reminiscencias rusas, que la identificaría para siempre. Alejandra, la que devoraba libros, la que anotaba sus deseos, experiencias y reflexiones en cuadernillos, la rebelde, la diferente.

“Es claro que hay una relación entre la vida y la obra de un escritor, pero esa relación nunca es simple. La vida no explica enteramente la obra y la obra tampoco explica a la vida”, dice Octavio Paz en Las trampas de la fe. En el caso de Pizarnik hay un hecho que limita la explicación de la obra a través de su vida.

A los pocos días de su suicidio y por encargo de la madre, sus amigas de entonces, Olga Orozco y Ana Becciú, su futura albacea, se juntaron en el departamento de Alejandra de la calle Montevideo, en Buenos Aires, para ordenar carpetas y cuadernos y mecanografiar manuscritos, papeles y papelitos que la poeta mantenía muy bien organizados en la parte inferior de su biblioteca.

En 1976 estalló el golpe militar en Argentina y el legado de Pizarnik se enfrentaba a un serio peligro debido a la censura. Es así como Orozco, aconsejada por Julio Cortázar, decide sacar los textos de Argentina. Otra amiga, Martha Moia, quien fue durante un tiempo pareja de Pizarnik, llevó por barco dos sacos de cuadernos. Algunos documentos, hoy en paradero desconocido, se quedaron en Buenos Aires.  

Después de demoras y extravíos, los sacos terminaron en manos de Aurora Bernárdez, ex mujer de Cortázar y, recién en 1999 por deseo expreso de Myriam, hermana de Alejandra, la mayor parte del legado de Pizarnik fue a parar a la biblioteca de la Universidad de Princeton.

Más que los extravíos producto de los traslados, a los estudiosos de su obra les preocupa la “omisión” de algunas de sus reseñas, poemas, anotaciones, correspondencia o artículos. Según dicen, en ediciones supuestamente “completas” faltan muchos textos y entradas de sus diarios, sobre todo los que exploran su sexualidad y las reseñas que escribió sobre sus contemporáneos.

Es verdad, los herederos pueden prohibir la circulación de algún material sensible por contener alusiones a la vida íntima familiar o a la de personas que todavía están vivas. Y también es verdad que los editores pueden adoptar distintos criterios para seleccionar el material de un autor. Pero, ¿qué parte de todo ese contenido discriminaron y por qué?

Cuando se cumplan los años reglamentarios tras la muerte de la autora, todo este material mutilado, olvidado, secreto o postergado saldrá finalmente a la luz. De esto se deduce que el tiempo todavía guarda claves para desentrañar los claroscuros de una vida tormentosa que fue capaz de crear una obra poética trascendental. Larga vida, pues, a Alejandra Pizarnik.

Alejandra Pizarnik

Flora Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 29 de abril de 1936 – 25 de setiembre de 1972)

Poemas

Sandra Bernasconi